parto vaginal después de una cesárea

Parto vaginal después de una cesárea (parte 2)

Esta es la segunda entrega de cómo fue en nacimiento de mi hija L. (aquí tenéis la primera parte) donde os cuento cómo fue un parto vaginal después de una cesárea.

Sala de partos

Aunque M. nació en ese mismo hospital, fue por cesárea y no había estado en la sala de partos. Me quedé bastante impresionada cuando entré porque me esperaba algo muy frío, incómodo e incluso desagradable. Era una habitación sencilla, con la cama grande y las luces muy tenues.

Aún sin epidural, mi idea era permanecer de pie el máximo tiempo posible durante la dilatación, ya que las contracciones tumbada en una camilla son muchísimo más dolorosas. Pero no pudo ser. La matrona me dijo que hiciera lo que me apeteciera en ese momento, pero como seguía perdiendo bastante sangre debido a la rápida dilatación y borramiento del cuello del útero, estaba muy flojita y mareada. Así que me tumbé. Y en la siguiente contracción que tuve me di cuenta que había tomado una gran decisión pidieron la epidural. No iba a soportar ese dolor más tiempo. ¡Auuuchhhhh!

La epidural

De todas las horas y todos los momentos que estuve en el hospital (que fueron muchas), el rato de ponerme la epidural fue sin duda el peor. Estaba aterrada. Hacía poco rato que estaba en la sala de partos, el anestesista llegó en seguida (estaba a punto de marcharse al cambio de turno) y me prepararon para ponerme el catéter para luego administrarme la anestesia.

Lo primero que hicieron fue pedirle a mi marido que se fuera. Yo me iba a morir de pánico. Suerte que las matronas se portaron genial y me iban hablando y haciendo compañía. Tras las preguntas necesarias para calcular la dosis a administrar (peso, talla, etc.) me colocaron sentada en la camilla con las piernas muy flexionadas, la espalda arqueada al máximo y la cabeza agachada. Era la postura más incomoda del mundo y el proceso no era rápido. Yo temblaba como una hoja.

Mis sensaciones (porque no veía nada) eran un chico poniéndome esparadrapo en la columna vertebral y palpando entre mis vértebras…. Cada cierto tiempo me iba diciendo lo que hacía y lo que iba a notar (ahora un calambre, ahora un pinchazo…).

Mi recuerdo del día que me pusieron la anestesia raquídea para hacerme la cesárea era de algo horrible pero no era nada comparado con aquello. A cada contracción (tuve 3 o 4 durante el proceso) debía avisar al anestesista, que paraba el procedimiento, para reanudarlo tras acabar la contracción. Pasó como media hora cuando me dijo que el catéter ya estaba puesto, que me administraban la epidural e hicieron pasar a mi marido.

Las sensaciones con la epidural puesta me sorprendieron. A los 15 minutos notaba las piernas dormidas pero tenía mobilidad total, así que me sentía bien. Notaba también las contracciones del útero pero nada de dolor, así que todo iba genial.

FASE DE DILATACIÓN

A partir de ese momento, nos dejaron solos en la habitación, casi a oscuras, mientras yo iba dilatando. Estaba agotada (eran sobre las 9 de la mañana y no había dormido casi nada la noche anterior) así que me relajé tanto mientras dilataba que me dormí. La verdad es que la epidural es una maravilla porque no tienes la sensación de que te han amputado medio cuerpo como en la raquídia, pero no hay rastro de dolor.

Las matronas vinieron al cabo de bastante rato a ver cómo estaba. Hicieron un par de visitas y en una de ellas me dijeron que al poner la epidural las contracciones se habían espaciado mucho (cada 12 minutos). Me aconsejaron probar distintas posturas para fomentar el descenso de la niña y acelerar el proceso. En otra de las visitas me hicieron un tacto y ya estaba de 8-9 centímetros.

Hacía bastante rato que me habían administrado la anestesia y me dijo que los efectos irían pasando. Si notaba alguna contracción con bastante dolor, podía volver a pedir que me administraran la epidural. No lo tenía muy claro… pero cuando noté una contracción un poco más intensa, volví a pedir otra dosis. De esta parte sí que me arrepiento bastante, ya que dejé de notar las piernas como antes, todo estaba mucho más adormilado y me iba a costar bastante empujar correctamente.

Al decirme que la cosa iba más lenta, pensé que teníamos para bastantes horas más por delante, pero cuando me quise dar cuenta, empezaba la última fase del parto: el expulsivo.

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