¿Cuándo llevar a los niños al médico? Entrevista a la Dra. Muiño

la DRA. iria Muiño, médico de familia, nos cuenta cuándo llevar a los niños al médico y Qué debemos hacer ante una quemadura, contusión o convulsión febril

Con la llegada del frío, que parecía que este invierno no iba a hacer acto de presencia, pero aquí está, llegan los temidos constipados, gripes, mocos y otras muchas causas de preocupación para los padres. Y surge la duda de cuándo llevar a los niños al médico. A veces no queremos pecar de exagerados y neuróticos por cosas que consideramos poco relevantes y, otras, colapsamos las urgencias cuando realmente no es nada grave. Saber qué hacer en cada eso puede ser vital y por eso hace tiempo que quiero preparar un post sobre este tema.

En esta ocasión quiero centrarme en síntomas y cuestiones médicas tales como fiebres altas, quemaduras, contusiones y convulsiones febriles para que todos sepamos cuándo llevar a los niños al médico. No voy a pecar de atrevida y proporcionaros información de aquí y de allá, y mucho menos daros pautas propias. Y os aconsejo, que seáis muy cuidadosos con la información que tomáis como válida. La experiencia no proporciona sabiduría absoluta, los remedios “naturales” no siempre son beneficiosos y la automedicación no es para nada recomendable (pero creo que este tema lo dejaré para otro artículo). Y si tiráis de internet, hacedlo en fuentes oficiales como la Asociación Española de Pediatría y esta guía bastante completa sobre temas muy diversos relacionados con el cuidado y la salud de los pequeños.

Cuándo llevar a los niños al médico

Iria Muiño, médico de familia

Hoy quien nos va a informar de cuándo llevar a los niños al médico es Iria Muiño. Iria es médico de familia y madre de tres hijos, los mellizos Leonard y Aitana, de 27 meses, y Olivier, de casi 7 meses. Veamos que nos cuenta.

Uno de los síntomas más habituales en los niños es la fiebre. ¿Cómo debemos actuar? ¿Cuándo hay que acudir al médico y/o urgencias?

Ante todo, para empezar será importante saber si realmente el “niñ@ está caliente” o tiene fiebre, es decir, 38ºC o más, usando un termómetro (aunque con el tiempo todas las madres desarrollamos una habilidad para saber cuando tienen fiebre, sin usar el termómetro). En temperaturas inferiores a 38ºC y si el niñ@ está alerta y tranquilo, no será necesario medicarlo. A partir de los 38ºC, sobre todo si está postrado, irritable, intentaremos bajarle la temperatura corporal de diferentes maneras: sacándole ropita, destapándolo, poniéndole paños fresquitos en las flexuras de brazos y piernas y en la frente. También se puede intentar dar un bañito de agua no muy caliente (tampoco fría) e ir añadiéndole agua más fría para que se vuelva tibia de forma gradual, y por último, si esto falla, podemos administrarle un antipirético como el paracetamol a la dosis ajustada a su peso vía oral. Saber cuántas horas lleva con fiebre y si tiene otros síntomas añadidos (tos, mocos, diarreas, alguna erupción en la piel) será un dato vital para nuestra conducta a seguir. Hay que estar alerta a la aparición de manchitas de color rojo oscuro en la piel, que por mucho que apretemos sobre ellas no desaparezcan. Son las “temidas” petequias, y en ese caso es obligado acudir a valoración médica. Si el niñ@ es muy pequeño (menor de 3 meses), si está muy postrad@, si la fiebre no cede con antipiréticos, si respira con dificultad, si lleva más de 48h con fiebre, si ha presentado una convulsión, si tiene petequias, si pasan las horas y a parte de fiebre no tiene ningún otro síntoma, deberemos acudir al médico.

¿Qué son las convulsiones febriles? ¿Qué hay que hacer en este caso?

Buena pregunta, y de eso os puedo hablar desde los dos lados: como médico y como madre de quien las ha padecido. La convulsión febril es una manifestación del aumento de temperatura repentino que sufre el cerebro cuando se inicia la fiebre, en niñ@s san@s de los 6 meses a los 5 años. La subida rápida de temperatura ocasiona una reacción en la que el niñ@ pierde el conocimiento, presenta mirada fija, rigidez del cuerpo, babeo por la boca, movimiento de las extremidades… Tras la convulsión se produce una relajación y flacidez generalizada y el peque queda como adormilado. En esos momentos es importante mantener la calma, pues se pasa mal y nos pilla desprevenidos. Tendremos que mantener al niño en un ambiente seguro y tranquilo, mirar el reloj para saber cuánto dura la convulsión (suele durar menos de 5 minutos, ¡pero parecen horas!). Lo colocaremos tumbado sobre un lado, favoreciendo que si vomita o babea no se lo trague y que respire bien, miraremos su temperatura usando un termómetro, y sobre todo, nunca intentaremos darle nada por boca. En caso de que tenga fiebre, le podemos administrar un supositorio de paracetamol y quitarle ropa si va muy tapado. A continuación, deberá ser valorado por un médico.

Aunque es una situación muy desagradable, es muy frecuente y de pronóstico benigno, que no requiere ningún estudio especial, más que asegurar el foco del que provenía la fiebre (catarro, diarreas,…) En una gran parte de los casos se puede repetir, sin tener más repercusiones. Que un niño tenga una convulsión febril no quiere decir que vaya a ser epiléptico, ni que vaya a tener secuelas graves.

Hay situaciones de emergencia en las que es importantísimo saber cómo actuar y hacerlo de manera rápida. Me refiero, por ejemplo, a las quemaduras y los atragantamientos. ¿Qué debemos y qué no debemos hacer para no empeorar la situación?

En el caso de las quemaduras, debemos alejar la fuente del niño y situarlo en un lugar seguro. Poner la zona afectada bajo agua fría. Si la zona es extensa, taparla con una gasa o paño estéril y húmedo, y acudir a que sea valorado por un médico.

En cuanto a los atragantamientos, si vemos el objeto que lo produce está accesible en la boca, lo sacaremos con los dedos, si no debemos animar al niño a toser fuertemente, intentando mantener la calma. Si no es suficiente, la tos es débil o el niño es pequeño, cogeremos al niño de espalda y le aplicaremos 5 golpes secos en el centro de la espalda (entre los omóplatos), y si así tampoco escupe el objeto, lo rodearemos desde la espalda con nuestros brazos, nos cogeremos las manos con los dedos entrelazados a la altura del borde de sus costillas, y haremos un golpe seco y fuerte hacia atrás y arriba (es decir, comprimiéndole el tórax) 5 veces. Si pierde el conocimiento, habría que tumbarlo en el suelo y aplicar medidas básicas de reanimación (5 insuflaciones iniciales, y si no responde, alternar 5 insuflaciones con 30 compresiones torácicas). Mientras hacemos esto, alguien debería estar llamando a la ambulancia.

Una de las causas más frecuentes de visita a urgencias son los traumatismos en la cabeza. Los niños no paran quietos y se dan golpes a menudo. ¿Ante qué situaciones debemos estar alerta? ¿Cuándo hay que llevar a los niños al médico?

Sí, los golpes en la cabeza, o traumatismos craneoencefálicos, son muy comunes. Muchas veces son de bajo impacto y sin importancia. Deberemos fijarnos en la intensidad del golpe, y en cómo reacciona el niño tras él. Nos deben alertar situaciones como: la pérdida de conocimiento tras el golpe, confusión e irritabilidad, vómitos en las horas posteriores al golpe, cambio en la conducta del niño, heridas sangrantes o sangrado por los oídos o nariz, que camine mal, pérdida del equilibrio, dificultad para hablar o pupilas de diferentes tamaños. Si no presenta ninguno de estos signos y el golpe no ha sido fuerte pero presenta un hematoma o chichón, aplicaremos frío en la zona (hielo envuelto en un paño). Las siguientes 24h a un traumatismo craneoencefálico, deberemos observar al niño, y asegurar que no presenta ningún signo de alarma (los ya mencionados). Lo podemos dejar dormir, pero lo despertaremos cada 4 horas para verificar que actúa normalmente.

¿Qué os ha parecido la entrevista? No quiero terminar el post sin aportar mi granito de arena y daros un sencillo consejo que creo que sirve para casi todas las situaciones: tranquilidad y observación. Es muy fácil decirlo, lo sé, y en ciertas situaciones perdemos la calma. Es importante intentar no perder los nervios (no vamos a solucionar nada, todo lo contrario). Observar el comportamiento del niño, anotarlo si es necesario, y su evolución facilitará mucho la tarea del personal sanitario.

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